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Juan M. Fernández/Ciudad Juárez, México/jmfernandezchico@gmail.com

22nd April 2010

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22 de abril de 2010.

Es mejor tenerte cerca, aunque sea un poquito. Esto es un diminuto paso, primo, pero así se debe empezar. I love you.

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20th April 2010

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Todos necesitamos del amor. Y una historia que escuché, pero que ya no recuerdo fielmente.

Todos necesitamos eventualmente del amor. Eventualmente más como una cuestión de espacio, y no de tiempo. Es decir, eventualmente como una eventualidad. Como un evento.  Como algo que tiene su formación en algún lugar. Como una serie de circunstancias que se encuentran enfiladas hacia un destino. A veces necesitamos de él un poco, al final de nuestros días, o al inicio de ellos, cuando nos aferramos como, dice Bachelard, si amarráramos nuestro corazón al caminar de un árbol. Tranquilo o de prisa. No importa. Eventualmente, como un accidente, caemos en él.

Me recuerda a una historia de la cual he olvidado su título y el nombre del autor, y que, incluso, recuerdo casi a medias, sino es que mal. Un hombre joven se encuentra con un aviso en el periódico en donde dice se busca un hombre como pareja (seguramente diría algo así como emocional, o para entablar una relación). El hombre, más por curiosidad, marca al número del anuncia, y contesta una mujer. Quedan en un restaurante al día siguiente. El joven llega, y se encuentra a una mujer bastante mayor con los rasgos que un día antes había descrito. El sombrero blanco, el botón de una rosa en la blusa, un guante blanco en la mano izquierda (esto es un abuso descriptivo mío que no tiene nada que ver, y de eso estoy seguro, con el original). El joven, impresionado, se da cuenta que esa mujer podría ser su abuela. El joven se sentó y platicó con ella. ¿De qué? Del anuncio, de que se siente sola, de que es viuda. De mil cosas que ahora no recuerdo o no puedo inventar. De repente, la mujer cierra los ojos y se desmaya. Todos los clientes del restaurante llegan a auxiliar. Un médico, que por casualidad estaba comiendo en ese lugar, checa el pulso y determina que está muerta. Una señora, consternada (normalmente son las señoras las que se consternan) le preguntó que si era su madre o abuela. Y el joven, mirando el rostro pálido de la mujer que apenas un día antes había conocido por teléfono, dijo: no, era mi novia, y estábamos a punto de casarnos.

 

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8th April 2010

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Nuestras mañas de cada día.

A lo largo de la vida uno se va haciendo de mañas que, para ser preciso, son acciones y frases que funcionaron en su momento para obtener cierto resultado, y que ahora forman parte de, incluso, nuestra misma personalidad. Se van recolectando de otras personas, o se inventan en el momento crítico, o se sacan de las películas. Se adquieren casi como ir de compras al supermercado o como si estuvieran colgadas en algún sitio en Internet para ponerles download.

Y son tantas, que incluso perdemos la cuenta y conciencia de ellas. Surgen solas, y apenas y nos damos cuenta que una maña ha nacido. Tenemos mañas para comer, para dormir, para hacer el amor, para trabajar, leer y escribir. Mañas para seguir viviendo y para dejarse morir. A veces son tan imperceptibles, que, sin darnos cuenta, ya están adornando nuestra pared o se han convertido en un anillo de compromiso en nuestra mano.

Pero, vamos, no deberíamos estar asustados. Lo hemos hecho a lo largo de los años. Incluso tenemos libros sobre otras mañas, convenciones y congresos, encuentros entre personas que nos le dan pena sus mañas y otras que se dieron cuenta que esa maña en especial era dañina y han decidido acabar con ella públicamente. La televisión está llena de ella. La gente se interesa por las mañas de los famosos, o hace famosos a otros por sus extrañas mañas. En la radio hay música que narra mañas fantásticas, o no es inusual ver a un conductor preguntando a su invitado especial: “¿y cómo le hacer para componer?” o “¿por qué no nos hablas de tu vida amorosa?”.

Cosa que no nos justifica y ni nos exenta. Tal vez un día la cámara de una televisora nos captura en un momento comprometedor en donde nuestra maña mal habida hace presencia y nos convertimos en esa maña, y cuando vamos por la calle, la gente nos reconoce por eso que un día hicimos. Pero tampoco no debe asustar esto, porque todos tenemos alguna mañana como para salir en televisión, sólo que los que necesitan percatarse, no lo han hecho.

Por ejemplo yo, soy capaz de reconocer una que otra mañana, que, finalmente, son esas cosas que hice un día y me funcionaron. Cuando me despido de la mujer que me gusta, volteo un poco el rostro hacia el de ella hasta que nuestras bocas se encuentren. La maña consiste, en además del movimiento, en justificar en caso de una negativa que era parte del movimiento natural de despedida, la cual siempre debe ser latente por el hecho de que a veces nuestras mañas se encuentran con otras. El punto consiste en salir victorioso, y demostrar que la nuestra es mucho más efectiva. Como un juego de ajedrez entre dos novatos, quienes tienen las mismas posibilidades de ser derrotados como de ganar. Claro que las mañas tienen su tiempo y sus procesos, así que, seguramente, hay varios allá afuera con mucha ventaja a su favor.

Pero esto no quiere decir que nuestras mañas tengan que desaparecer porque en su momento no funcionaron. La mía me ha servido unas cuantas veces, pero reconozco que en un par no dieron resultado. Pero no me preocupo demasiado, sé que el tiempo pasa, y, aunque no lo crean, ya me hice de unas cuantas mañas para soportar la caída de las otras.

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6th April 2010

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Vale más.

Vale más una novia que una televisión, pero por robar una televisión te meten a la cárcel, si te roban la novia, no pasa nada.

Qué ironía.

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17th March 2010

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Estatregia hermenéutica para conocer a alguien.

¿Cuáles son las peores circunstancias para conocer a alguien que eventualmente te va a caer muy bien? Pienso en eso mientras trato de recordar algún momento en el que me haya encontrado en esa situación. Suena irónica: recordar y pensar, dos ejercicios tan similares pero que no parecen cuadrar en la sintonía de un mismo argumento.

Llego a la conclusión, y lo digo por experiencia propia, que debe ser un choque automovilístico. Pero no cualquiera, sino de esos en los que no pasa algo grave, por cuestiones de interpretación del tránsito no puede asumir ni totalmente la culpabilidad ni la inocencia, y la que está al volante, siendo este mi caso, es una bella mujer de lentes llamada Jessee, o Jesy, o como sea. Claro, aunque va con su novio, un jovencito con un arte en el oído izquierdo y de voz liviana como una pluma.

¿Es el peor momento para entablar una relación amistosa? Para muchos sí, pero no para mí, no para esta nueva versión de mí que se va construyendo cada día. Será que me impregnado tanto en lo que creo, que ya no me afecta tan seriamente.

Por ejemplo, cuando me preguntó la chica, al darse cuenta que había hecho una llamada para cancelar mi clase, que si yo era maestro. Le respondí que sí. Con una inocencia que ya no es tan común ver, me preguntó, ¿entonces ya no vas a llegar a tu clase? Bueno, le dije, creo que cuando eres estudiante siempre esperas que esas cosas le pasen a tu maestro a la hora de clases, así que el lado más juvenil de mí brinca de gusto.

Si hubiera que escribir un aparato epistemológico a través de esto, no podría, más bien, no debería. Creo que las posibilidades del mundo siempre son infinitas, infinitas incluso en momentos incómodos.

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14th March 2010

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Contra el amor.

Al amor no lo persigue el destino. Lo persiguen muchas otras cosas, pero el destino no. El destino ese algo que se inventó para entender la diversidad de los tiempos y los acontecimientos. Es el culpable y victimario de todas nuestras incertidumbres, de todas nuestras soluciones, y parece curar cualquier problema. Pero al amor no.

Séneca pensaba que al destino se le tenía que recibir con calma, con inteligencia, sabiendo que hay cosas que se pueden cambiar, y que otras no. La frustración es la causa de andar en la vida sin mucha precaución y poca inteligencia.

Con todo respeto, pero Séneca era un pendejo.

A veces me dan tantas ganas de decirle a la última mujer que amé, y que en un instante, en un correo electrónico, me dijo que siempre no, que chingue a su putísima madre. ¿Qué me diría Séneca? Que el pendejo soy yo, seguramente. Pero si a mí Nerón me mandaba cortar las venas de los tobillos y las rodillas porque el muy lunático cree que he fraguado un plan para derrocarlo, cuando todo es mentira, me hubiera muerto mentándole la chingada.

Por eso al amor lo persigue la desgracia, la felicidad o la desdicha. Lo persigue un hombre de dientes largos que espera en un restaurante a una mujer que nunca llegara. A la que cree que esa última acostada es una prueba reacia de que él la ama, aunque realmente él sólo lo ve como una última acostada. Al que por enésima vez se pregunta, viendo su cara en un espejo, por qué ella le dijo que prefería tenerlo como amigo. También hay otras cosas, como flores, y pajaritos, y largas sonrisas. Sí, claro, pero es como pensar que el cigarro sólo provoca relajación muscular, y no cáncer de pulmón, y no porque al que nunca le dio cáncer de pulmón, y fumó hasta los noventa años y murió atropellado por un tren, va a creer que el cigarro no es capaz de provocar cáncer de pulmón.

Mi punto es, aparte de que al destino no lo persigue el amor, es que a veces hay que ser más descarados frente a él. No pasa nada mentarle la madre a alguien de vez en cuando: seguramente eso no provocará ni tu muerte ni la del otro. ¿Por qué tanto miedo a esos acercamientos informales? Parece que también el amor, la acción humana más irracional que conozco, necesitara de una serie de trámites burocráticos de formalidad para no caer en esas actitudes politiqueras del supervisor a su jefe de distrito.

¿No es una misma mentada de madre la/el que dice que está confundida(o) después de construirte un mundo de fantasía en donde los dos parecían ser tan felices? Sí, es lo mismo, pero no lo vemos así. Vemos a las reacciones del corazón como parte de una naturaleza que se ha escondido gracias a una vida sumamente social y civilizada. El amor es como un perro ladrando (por eso tantos aman como perros de aduana), un ave volando o un río andando por su camino.

De hecho Séneca cuenta la historia de un hombre poderoso que perdió su caballo favorito al morir ahogado en un río que, unos meses después, ordenó que se secara dividiéndolo en pequeños riachuelos. Su intención era que incluso una mujer pudiera cruzarlo sin tener que levantarse la falda.  Y lo logró. Pero Séneca no lo vio con buenos ojos. Parece que nadie ve con buenos ojos cuando algunos reaccionan con eso de adentro que no parece tener explicación. Pero es que esto es sólo un juego de ironías.

En la película de 500 days of summer, cuando el joven enamorado se encuentra con Summer, la mujer que le rompió el corazón y que ahora se ha casado, y quien además ha hecho todo lo humanamente posible, y lo legalmente decente, para acabar con él, y ella le cuenta todo lo que sintió cuando encontró a su esposo, lo único que logra decirle cuando comienza a partir es: realmente deseo que seas feliz. Su respuesta es tan políticamente correcta como ridícula. Séneca no lo hubiera hecho mejor, incluso murió en un baño de vapor porque no se desangraba bien (como Sócrates, que fue condenado a morir por una sarta de vejetes sin criterio). Tal vez es hora de que a ese hombre o mujer que cree tener el derecho, incluso cuando lo hace con esas reglas socialmente aceptables, pague por lo que hizo aunque sea de la manera más absurda. Si fuera yo, le hubiera gritado: Summer, vete a la verga, pendeja.

Por eso al amor no le persigue al destino, sino los anillos de compromiso, las lavadoras en la casa, el nuevo aire acondicionado y los bailables de los niños en el kinder.

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10th March 2010

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sin título

Sombrero de copa, lentes oscuro, armazón verde o rojo, sandalias, botas de motociclista, periódicos mojados, miel de abeja virgen, lanzallamas, picalimón, rayador de queso, papel reciclado, tenedor, cuchillo, dientes de aluminio, guantes de box, comida rápida, comida lenta, frasco de plástico, una canción de amor, un poema haiku, tostadas, salsa de chile verde, Facebook, bicicleta, Cuco Sánchez parece rana, puente libre, puente esclavo.

¿Quién inventó todo esto? ¿Cuándo se acabará? Algún día, de eso estoy seguro.

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8th March 2010

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¿Quién gana en los Óscar?

Para un lacaniano, me atrevo a decir, esa extraña cosa que se llama La academia, responsable de decidir a los ganadores de los Óscar, debe llevar el título del Gran Otro. Esa figura anónima que funge como uno, reunidos bajo un solo nombre, realmente es un montón de personas que buscan un consenso sobre quiénes deberían ser los triunfadores. La academia, el Gran Otro lacaniano que se mueve como un generador de imágenes y frases de microondas que buscan robar el aliento, ha marcado un camino sin precedentes en los últimos premios. El año anterior, cuando Slum dog millionaire se alzó como la gran triunfadora, y las mejores animaciones en largo y corto, que tenían como punto central el cambio climático, demostraron que el camino tomado marcaba una línea clara: el viejo mundo que La Academia representó desde su origen, parecían poco a poco a desvalijarse, difuminarse en una nueva forma de ver y percibir el cine.

Hoy, cuando pensamos en la gran ganadora de la entrega, tenemos que aceptar que fue el cine independiente. ¿Extraño? Bastante. Los encargados de crear el mayor número de imágenes cinematográficas en el mundo (no en cantidad, sino en impacto mundial) a través de su coincidencia geográfica, Hollywood, y que, además, marginaba muchas cintas que no entraban en su lógica, ya no parece estar muy de acuerdo con las viejas líneas. ¿Representa Avatar ese viejo mundo que desde hace unos cuantos años ya no cuadra con las decisiones de La academia? El director de Titanic no pudo con la película de su ex esposa, Kathryn Bigelow, la cual se produjo sin la ayuda de los grandes estudios hollywoodenses y que, de manera mucho más seria (no como Avatar), busca regresar a la realidad una guerra que se sale de las manos de quienes la iniciaron. Con un presupuesto menor, una muy reservada distribución y una proyección irrisoria comparada con las cintas con las que compartió varias de las categorías, ganó los dos grandes premios de la noche: mejor película y mejor dirección (nunca, en la historia de los Oscars, se había nominado a una mujer y a un afroamericano en la categoría de mejor dirección, como lo fueron las elecciones presidenciales en Estados Unidos, con Obama y Clinton, aunque ahí ganó el afroamericano, síntoma de que La academia no es el reflejo de la sociedad estadounidense, sino una oportunista).

La sorpresa fue Precious, apadrinada por Oprah Winfrey, en donde nos encontramos con una mujer que sufre de dos violaciones de su padre, maltratos de su madre, es prácticamente analfabeta y está infectada de VIH, la cual no brilla en genialidad, pero, como en los últimos premios, se le convierte en la cinta que le regresa la vida, la sensibilidad y la frescura, a unos premios que siempre se han caracterizado por su frialdad. La diferencia es que, como fue The little miss sunshine o Juno, Precious se lleva el mejor guión y mejor actriz de reparto, además de las nominaciones a mejor actriz y mejor película.

¿Estamos ante otro sentido crítico en el cine de Hollywood? Ya he dicho esto antes, lo cual me hace sentir un poco profético, pero no creo. Hay un cambio de actitud, sin duda. Se levanta la vista a otras cintas, otros enfoques, otras voces. Pero La academia sabe lo que hace. Tal vez en unos años, las grandes producciones que hoy perdieron de manera categórica, volverán a ser tan exóticas y cautivadoras como ahora lo son las ganadoras, para luego apoderarse de los festivales independientes, y poco a poco vayan obteniendo de nuevo su lugar en la lista de ganadores. Por lo pronto, el mundo del cine representado en los Óscar ya tiene a su primera directora premiada, la ha concedido a películas de muy bajo presupuesto premios importantes, y, principalmente, le dijo no a la cinta más cara de todos los tiempos del cine. Pero no hay que sentirse tan confiado, el mundo cambia, y eso nadie lo detiene.

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16th February 2010

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Pienso, luego soy un cliché.

¿Por qué los clichés son tan injustos? Si necesitara saber lo que realmente me acomoda para ser mejor persona, tendría que buscarlo en una revista de modas y no en un libro de Schopenhauer. Como los que me dicen que tengo cara de fumador, o de ser muy serio (y es que la verdad no fumo, y eso de serio no lo entiendo, porque normalmente soy muy mal hablado y huraño).

El problema con estos clichés es cuando se convierten en generadores de problemáticas mayores. Y cuando digo mayores, me refiero a instancias que sobrepasan las paredes de mi casa. Cuando el cliché de las automóviles grandes que gastan más combustible, o el del consumo de productos asiáticos con marcas europeas afectan las relaciones internacionales laborales o el medio ambiente.

Los clichés nos hacen y nos deshacen en muchas cosas. Nos llevan tranquilamente a un lugar que no existe, creando la ilusión de que todo es un bello mundo de fantasía. Que comer en McDonalds es especialmente único, y tener ese teléfono es algo que estaba esperando por años, aunque tiene sólo unos cuantos meses de imponerse la moda. Nos provocan una necesidad que no tiene lógica en lo más esencial. Se pudo vivir tanto tiempo sin eso, y ahora parece que ese pequeño engrane tecnológico, por ejemplo, el mundo se caerá en pedazos. ¿Quién los controla? Simples casualidades humanas que tiene la peculiaridad de ser tomadas en cúpulas de poder.

Los clichés no dicen mucho de nosotros. Dicen mucho de lo que es el mundo y que, por consecuencia, somos también. Definen algo en general, un cajón, por ejemplo, en el que nosotros después caeremos. No es que las drogas sean geniales, sino que el mundo que construyen parece serlo. Estar o no en el mundo da igual. ¿Es una sensación diferente? Morir también, y no por eso los ves en suicidios colectivos.

El punto al que quiero llegar no es que un día acabemos esos clichés con los que George Bataille buscó acabar por tanto años, sino entender que, finalmente, los clichés son posturas que no definen lo que realmente somos (en el sentido de Parménides, en donde finalmente somos un ser al que le entra y sale información), y que, en todo caso, busquemos reducirlos lo más que se puedan. Finalmente esa búsqueda de Bataille también fue un simple cliché.

No quiero que me defina una revista de modas, ni un periódico de papel reciclado de personas que no se bañan. Sé que tal vez no me quede de otra más que creer en las galletas chinas y leer una que otra vez mi horóscopo, ¿pero qué tanto problema le causo al mundo con esos clichés ridículos? Tal vez es hora de ponerlos en una balanza, sin miedo a que otros tanto clichés contestatarios nos critiquen por derechistas.

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30th January 2010

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Me encantan estos video de crítica sanguinaria. Si Jean Braudillard viviera, ese sociólogo de los simulacros y el mundo virtual, se vuelve a morir.

Cesar Duarte, futuro gobernador de Chihuahua (seguramente, ¿no?), aquí demostrando que en la cámara da igual poner o no atención, sino decir lo que la gente quiere oir.

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26th January 2010

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Las leyes de la incertidumbre.

Todo lo que tocamos, es caos. Cuando levantamos la vista, cuando dormimos, cuando acercamos el oído al corazón de alguien y lo escuchamos latir. Cuando sentimos el calor del fuego, el frío de una paleta de hielo, cuando nos cortamos con una hoja de papel, cuando abrimos la llave del agua y fumamos un cigarro. Todo lo que nos rodea afuera y dentro de nosotros mismos, es caos. Las células de nuestro hígado se mueven bajo patrones de incertidumbre, el corazón tiene un ritmo caótico cuando entra y sale sangre después de un susto, un momento de felicidad o cuando te enamoras.

Nada está dicho. Incluso la simbiosis entre dos células, que dan paso a la vida, tienen un encuentro caótico, de incertidumbre. Nos rodea tanto que a veces nos confundimos en lo contrario. ¿No es el caos lo que el príncipe Hamlet trataba de demostrar cuando su tío impostor llega al poder? Cuando olvidamos la incertidumbre, olvidamos una parte de lo que somos y de lo que hacemos. Cuando buscamos el orden, lo que encontramos es una castillo de naipes, nada más.

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15th January 2010

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Las treinta y cinco cosas que odio y otros rumores sobre mí.

1. Odio los cigarros, de cualquier tipo.

2. Me patea que me digan cómo tengo que hacer las cosas. Sé que es soberbia, pero no lo paso.

3. Me cagan los cumpleaños. Es un acto de egoísmo para celebrar el accidente biológico de la vida.

4. Odio los que critican y no hacen nada. Y me refiero a esta figura mamonseta que los círculos intelectuales hicieron en los cincuentas. You know what I mean.

5. Que me interrumpan cuando escribo o leo.

6. Que me pregunten si estoy enojado cuando lo estoy. Como si fuera una anormalidad ese estado de ánimo. ¿Por qué no hacen la misma preguntan cuando estás normalmente feliz?

7. Me desespera que me pregunten mucho sobre algo.

8. Una mala película.

9. Enamorarme.

10. Perder mi cartera y mi celular, o, en su efecto, que me lo roben.

11. Que la gente se me quede viendo por mucho rato.

12. Que porque escribo, la gente me pida que les escriba cualquier ocurrencia.

13. Lo estático.

14. Los radicalismos religiosos, el conservadurismo, la formalidad, la cordura.

15. Que en México leamos menos de un libro al año.

16. La ignorancia, de cualquier tipo, justificada o no.

17. Las personas que quieren salvar el mundo a cachetadas.

18. A Felipe Calderón.

19. Las vacas gordas que creen que se merecen la vida que tienen.

20. Las biografías de Paris Hilton y Pamela Anderson.

21. Cuando se me caen las cosas de las manos.

22. Guiarme por las posibilidades y no por la incertidumbre.

23. Que me guste la persona equivocada.

24. Darle demasiado mérito a la humanidad cuando todo lo que ha hecho a lo largo de su historia (esos cien mil años que tenemos sin cambiar drásticamente en nuestra forma) es una apología de sí misma.

25. El club Indios de fútbol, y todas esas pendejadas identitarias que se quieren meter a la fuerza.

26. La resaca después de una mala borrachera.

27. Las maquiladoras.

28. Los policías gordos.

29. Que mi celular suene más de tres veces seguidas en menos de cinco minutos.

30. Que la gente le eche sal a la comida sin haberla probado antes.

31. Que alguien me gambeteé en un partido de fútbol.

32. Que haya más personas en busca de respuestas que haciendo preguntas.

33. Cuando subo de peso.

34. Los que creen que las revoluciones son cool.

35. En la tarde, a la una, en verano, cuando en Juárez hace viento y todo lo que se ve es polvo.

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11th January 2010

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Nota del periódico.

Estaba leyendo en El País, que China desbancó a Estados Unidos como el primer mercado en consumo de automóviles. 3.2 millones de diferencia. Vaya cosa. El país más endemoniadamente poblado ahora es el que mayor número de automóviles tiene. Pero, ojo, esto no fue una tendencia solitaria, sino que el gobierno chino comenzó a incentivar hace un par de años el uso del coche. Recuerdo que en mis primeros semestres de la universidad, un profesor dijo que cuando los chinos comenzaran a demandar (o ser demandados a) utilizar el automóvil, el mundo se iba caer de manera estruendosa en la cuestión ambiental. Sumado a que los dos primeros mercados en compra de automóviles no dieron pasos importantes para contrarrestar el cambio climático en Copenhagen. Triste. Muy triste. Pero, claro, siempre hay una buena noticia detrás de una mala, esto se va a poner mucho peor. ¡Yuju!

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