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Todos necesitamos eventualmente del amor. Eventualmente más como una cuestión de espacio, y no de tiempo. Es decir, eventualmente como una eventualidad. Como un evento. Como algo que tiene su formación en algún lugar. Como una serie de circunstancias que se encuentran enfiladas hacia un destino. A veces necesitamos de él un poco, al final de nuestros días, o al inicio de ellos, cuando nos aferramos como, dice Bachelard, si amarráramos nuestro corazón al caminar de un árbol. Tranquilo o de prisa. No importa. Eventualmente, como un accidente, caemos en él.
Me recuerda a una historia de la cual he olvidado su título y el nombre del autor, y que, incluso, recuerdo casi a medias, sino es que mal. Un hombre joven se encuentra con un aviso en el periódico en donde dice se busca un hombre como pareja (seguramente diría algo así como emocional, o para entablar una relación). El hombre, más por curiosidad, marca al número del anuncia, y contesta una mujer. Quedan en un restaurante al día siguiente. El joven llega, y se encuentra a una mujer bastante mayor con los rasgos que un día antes había descrito. El sombrero blanco, el botón de una rosa en la blusa, un guante blanco en la mano izquierda (esto es un abuso descriptivo mío que no tiene nada que ver, y de eso estoy seguro, con el original). El joven, impresionado, se da cuenta que esa mujer podría ser su abuela. El joven se sentó y platicó con ella. ¿De qué? Del anuncio, de que se siente sola, de que es viuda. De mil cosas que ahora no recuerdo o no puedo inventar. De repente, la mujer cierra los ojos y se desmaya. Todos los clientes del restaurante llegan a auxiliar. Un médico, que por casualidad estaba comiendo en ese lugar, checa el pulso y determina que está muerta. Una señora, consternada (normalmente son las señoras las que se consternan) le preguntó que si era su madre o abuela. Y el joven, mirando el rostro pálido de la mujer que apenas un día antes había conocido por teléfono, dijo: no, era mi novia, y estábamos a punto de casarnos.