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Juan M. Fernández/Ciudad Juárez, México/jmfernandezchico@gmail.com

10th April 2010

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Los tuertos en el país de los ciegos.

La grandeza del personaje de John Kennedy Toole, Ignatius Reilly, residía en su pasión desmedida por humillar al otro y la excesiva adoración de sí mismo, acompañada, claro, por su relación tan bizantina con su madre y sus constantes fracasos laborales y personales que lo convertía en un Quijote en el corazón de Nuevo Orleans.

Pero lo mejor de este personaje, es su elemento de ficción que le rodea. Es decir, no existe. Es tan adorable, que sólo construirle imaginariamente nos permite amarle.

Cuando esta realidad se transgrede (cuando el real imaginario lacaniano es atravesado como una bala por el real real de Zizek, llevándonos a la cosa horrible), entonces ya nada parece ser como una cama de plumas.

Las figuras retóricas de sí mismas (que comienzan y terminan en ellos), parecen ser un buen elemento para la literatura, pero no para la realidad. Sé que hay gente empeñada en siempre verse el ombligo, y como dijo Álex de la Iglesia, el director de cine, incluso hay gente con pinturas de gente viéndose el ombligo en las paredes de su casa. Porque verse el ombligo es tan interesante como comerse una paleta de hielo verde en el parque.

Que sin decirlo de buena manera, incluso sin pensarlo, son más darwinistas sociales que el mismo Herbert Spencer al encontrarse en el último eslabón de la evolución humana (como si no se dieran cuenta que el hombre es una mujer fallida en su intento evolutivo, y que, si los cálculos no nos fallan, en unos cien mil años dejará de existir la figura sexual masculina). Que el concepto de intelectual gramsciano se les ha olvidado o no lo conocen, y ahora andan en la vida haciendo exámenes de trigonometría e historia a un buen cristiano o un mal ateo. Haciendo justicia de ese nombre que se construyó en un país de ciegos, donde es mejor ser perro de yonque en un asilo de ancianos a carnada para pescar en las costas del pacífico. ¿Pero quién no quiere ser un tuerto con cataratas en una ciudad donde se sufre de invidencia aguda? Como un día de jóvenes les metieron el dedo en la boca, ahora lo quieren meter también. El burócrata que deja a su hijito regañado en la gran silla del director. Sólo que acá en vez de traje sastre, se lleva pantalón de mezclilla con saco de vestir, pelo largo y lentes de pasta negra. Como unos Ignatius Reilly, sólo que en una versión más tecnologizada y con menos proyección internacional.

Pero mientras algunos sigan viéndoles el ombligo y diciendo “pero qué bonito ombligo tiene usted, señor artista”, entonces la cosa no cambiará mucho. ¿Qué hubiera sido el Jesús cristiano sin seguidores que movieran de arriba para abajo la cabeza a cada una de sus frases poéticas ocurrentes? Un intelectual de Juárez que alza la mano derecha representando la victoria y con la otra se sostiene para no caerse de hambre.

En un trabajo sobre Derrida, Tony Negri utilizó una cita de Spinoza que, si mal recuerdo, decía que aunque la felicidad y el murciélago vinieran del mismo uno, ni el murciélago es un tipo de felicidad, ni la felicidad es un tipo de murciélago. Es decir, que es más fácil ser como este personaje de El túnel, de Ernesto Sábato, que era bueno contando de qué se tratarían sus libros, y bastante malo para ponerse a trabajar, pues ni el trabajo es un tipo de discurso de borrachera sobre historia y literatura chicana, ni la borrachera es un tipo de trabajo.

Porque al final, solitos, se meten a su jaula en este zoológico social que con tanta vehemencia critican, pero del que no pueden dejar de mamar leche para darse un mes de fama.

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