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Juan M. Fernández/Ciudad Juárez, México/jmfernandezchico@gmail.com

14th March 2010

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Contra el amor.

Al amor no lo persigue el destino. Lo persiguen muchas otras cosas, pero el destino no. El destino ese algo que se inventó para entender la diversidad de los tiempos y los acontecimientos. Es el culpable y victimario de todas nuestras incertidumbres, de todas nuestras soluciones, y parece curar cualquier problema. Pero al amor no.

Séneca pensaba que al destino se le tenía que recibir con calma, con inteligencia, sabiendo que hay cosas que se pueden cambiar, y que otras no. La frustración es la causa de andar en la vida sin mucha precaución y poca inteligencia.

Con todo respeto, pero Séneca era un pendejo.

A veces me dan tantas ganas de decirle a la última mujer que amé, y que en un instante, en un correo electrónico, me dijo que siempre no, que chingue a su putísima madre. ¿Qué me diría Séneca? Que el pendejo soy yo, seguramente. Pero si a mí Nerón me mandaba cortar las venas de los tobillos y las rodillas porque el muy lunático cree que he fraguado un plan para derrocarlo, cuando todo es mentira, me hubiera muerto mentándole la chingada.

Por eso al amor lo persigue la desgracia, la felicidad o la desdicha. Lo persigue un hombre de dientes largos que espera en un restaurante a una mujer que nunca llegara. A la que cree que esa última acostada es una prueba reacia de que él la ama, aunque realmente él sólo lo ve como una última acostada. Al que por enésima vez se pregunta, viendo su cara en un espejo, por qué ella le dijo que prefería tenerlo como amigo. También hay otras cosas, como flores, y pajaritos, y largas sonrisas. Sí, claro, pero es como pensar que el cigarro sólo provoca relajación muscular, y no cáncer de pulmón, y no porque al que nunca le dio cáncer de pulmón, y fumó hasta los noventa años y murió atropellado por un tren, va a creer que el cigarro no es capaz de provocar cáncer de pulmón.

Mi punto es, aparte de que al destino no lo persigue el amor, es que a veces hay que ser más descarados frente a él. No pasa nada mentarle la madre a alguien de vez en cuando: seguramente eso no provocará ni tu muerte ni la del otro. ¿Por qué tanto miedo a esos acercamientos informales? Parece que también el amor, la acción humana más irracional que conozco, necesitara de una serie de trámites burocráticos de formalidad para no caer en esas actitudes politiqueras del supervisor a su jefe de distrito.

¿No es una misma mentada de madre la/el que dice que está confundida(o) después de construirte un mundo de fantasía en donde los dos parecían ser tan felices? Sí, es lo mismo, pero no lo vemos así. Vemos a las reacciones del corazón como parte de una naturaleza que se ha escondido gracias a una vida sumamente social y civilizada. El amor es como un perro ladrando (por eso tantos aman como perros de aduana), un ave volando o un río andando por su camino.

De hecho Séneca cuenta la historia de un hombre poderoso que perdió su caballo favorito al morir ahogado en un río que, unos meses después, ordenó que se secara dividiéndolo en pequeños riachuelos. Su intención era que incluso una mujer pudiera cruzarlo sin tener que levantarse la falda.  Y lo logró. Pero Séneca no lo vio con buenos ojos. Parece que nadie ve con buenos ojos cuando algunos reaccionan con eso de adentro que no parece tener explicación. Pero es que esto es sólo un juego de ironías.

En la película de 500 days of summer, cuando el joven enamorado se encuentra con Summer, la mujer que le rompió el corazón y que ahora se ha casado, y quien además ha hecho todo lo humanamente posible, y lo legalmente decente, para acabar con él, y ella le cuenta todo lo que sintió cuando encontró a su esposo, lo único que logra decirle cuando comienza a partir es: realmente deseo que seas feliz. Su respuesta es tan políticamente correcta como ridícula. Séneca no lo hubiera hecho mejor, incluso murió en un baño de vapor porque no se desangraba bien (como Sócrates, que fue condenado a morir por una sarta de vejetes sin criterio). Tal vez es hora de que a ese hombre o mujer que cree tener el derecho, incluso cuando lo hace con esas reglas socialmente aceptables, pague por lo que hizo aunque sea de la manera más absurda. Si fuera yo, le hubiera gritado: Summer, vete a la verga, pendeja.

Por eso al amor no le persigue al destino, sino los anillos de compromiso, las lavadoras en la casa, el nuevo aire acondicionado y los bailables de los niños en el kinder.

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