Es imposible la congruencia. Siempre habrá algo que nos traicione a nosotros mismos. Tarde o temprano, en algún momento, cuando menos lo esperas. La traición. ¿Por qué? No sé, creo que tal vez Kierkegaard tiene la razón, pero no sé por cuánto tiempo: sólo comprendo al otro como una abstracción en mí mismo. Qué triste. Qué triste que el hombre encargado de hacerle la vida imposible al conocimiento idealista alemán, pensara que las fronteras que me recubren sólo serán meras aproximaciones cuando alguien se acerca.
Pero eso no era lo que quería decir. Quiero aprovechar este lapsus de incongruencia para poner algo que escribí hace tiempo, pero que hoy tiene más necesidad que nunca.
Hasta el último día de invierno.
Por tus ojos grandes, tus huesos delgados, tu corazón palpitante y una boca que sabe nostalgia.
Eres mía,/ Y de nadie.
Como dos sombras / Que escapan de la
Luz.
Te desnudo con / Mi silencio
De la mano / Como si mi mano
Sostuviera algo / Que ya no es tuyo
Que te ha dejado de pertenecer
Que me pertenece / A mí.
Te descubro / Como un fragmento
De aves volando / En un fragmento de cielo.
Te desnudo con la mirada / Como si no me bastara
Mirarte
Como si no me bastara saber / Que me tienes
Que me tendrás / Hasta el último día de invierno
Cuando los corazones comienzan /A emigrar
Y algún recuerdo / Caído por los bordes del
Tiempo / Nos conservara
Estáticos / En un instante
En un beso /En una palabra
En dos adioses / En un último día
De noches de
Mar
Que no son / Mas que algún
Viejo / Sucio / Olvidado
Momento.
Eres mía, todos los días
Que quiera / Soy tuyo, todos los días
Que necesites.