Dice un amigo que el fútbol es el Circo Romano de nuestro tiempo, y la selección mexicana nuestro César. Comparto casi la totalidad de esta disertación, pero tengo mis reservas. El problema no es el fútbol, sino los que lo monopolizaron. Es tan válido jugar en una canchita en el parque de por tu casa, que en el más grande equipo de Inglaterra o Italia. El problema no es el deporte, sino los que lo venden. Las pelotas, ni las canchas son las que dividen, sino las empresas que crean una falsa identidad que se enlaza con el país que va a jugar. El problema es la Coca Cola que les dice a todos los países en donde tiene incidencia que su selección es la mejor y que va a ganar. El problema no es el nacionalismo (Zizek y Todorov lo defienden hasta cierto punto), sino la ilusión de que hay que sentirse más mexicano porque alguien te representa, aunque tú no tengas ni la más mínima influencia en ese equipo.
Samuel Beckett una vez dijo que las notas internacionales del periódico se deben revistar rápidamente, pero las deportivas con detenimiento. Seguramente Beckett se refería a la pasión y el arte del deporte, no a las pasiones inútiles de un mundo comercializado donde el ser o no ser de Hamlet se vende en la tienda de la esquina en forma de lo que sea. El Circo Romano se llama capitalismo contemporáneo, pero algunos le dicen así, mundial de fútbol, olimpiadas, premios Óscar, crédito y especulación financiera. Al final, se trata de algo que Marx ya había dicho: es hacer lo que se hace sin saber por qué se hace.
Es mejor tenerte cerca, aunque sea un poquito. Esto es un diminuto paso, primo, pero así se debe empezar. I love you.
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Todos necesitamos eventualmente del amor. Eventualmente más como una cuestión de espacio, y no de tiempo. Es decir, eventualmente como una eventualidad. Como un evento. Como algo que tiene su formación en algún lugar. Como una serie de circunstancias que se encuentran enfiladas hacia un destino. A veces necesitamos de él un poco, al final de nuestros días, o al inicio de ellos, cuando nos aferramos como, dice Bachelard, si amarráramos nuestro corazón al caminar de un árbol. Tranquilo o de prisa. No importa. Eventualmente, como un accidente, caemos en él.
Me recuerda a una historia de la cual he olvidado su título y el nombre del autor, y que, incluso, recuerdo casi a medias, sino es que mal. Un hombre joven se encuentra con un aviso en el periódico en donde dice se busca un hombre como pareja (seguramente diría algo así como emocional, o para entablar una relación). El hombre, más por curiosidad, marca al número del anuncia, y contesta una mujer. Quedan en un restaurante al día siguiente. El joven llega, y se encuentra a una mujer bastante mayor con los rasgos que un día antes había descrito. El sombrero blanco, el botón de una rosa en la blusa, un guante blanco en la mano izquierda (esto es un abuso descriptivo mío que no tiene nada que ver, y de eso estoy seguro, con el original). El joven, impresionado, se da cuenta que esa mujer podría ser su abuela. El joven se sentó y platicó con ella. ¿De qué? Del anuncio, de que se siente sola, de que es viuda. De mil cosas que ahora no recuerdo o no puedo inventar. De repente, la mujer cierra los ojos y se desmaya. Todos los clientes del restaurante llegan a auxiliar. Un médico, que por casualidad estaba comiendo en ese lugar, checa el pulso y determina que está muerta. Una señora, consternada (normalmente son las señoras las que se consternan) le preguntó que si era su madre o abuela. Y el joven, mirando el rostro pálido de la mujer que apenas un día antes había conocido por teléfono, dijo: no, era mi novia, y estábamos a punto de casarnos.
La grandeza del personaje de John Kennedy Toole, Ignatius Reilly, residía en su pasión desmedida por humillar al otro y la excesiva adoración de sí mismo, acompañada, claro, por su relación tan bizantina con su madre y sus constantes fracasos laborales y personales que lo convertía en un Quijote en el corazón de Nuevo Orleans.
Pero lo mejor de este personaje, es su elemento de ficción que le rodea. Es decir, no existe. Es tan adorable, que sólo construirle imaginariamente nos permite amarle.
Cuando esta realidad se transgrede (cuando el real imaginario lacaniano es atravesado como una bala por el real real de Zizek, llevándonos a la cosa horrible), entonces ya nada parece ser como una cama de plumas.
Las figuras retóricas de sí mismas (que comienzan y terminan en ellos), parecen ser un buen elemento para la literatura, pero no para la realidad. Sé que hay gente empeñada en siempre verse el ombligo, y como dijo Álex de la Iglesia, el director de cine, incluso hay gente con pinturas de gente viéndose el ombligo en las paredes de su casa. Porque verse el ombligo es tan interesante como comerse una paleta de hielo verde en el parque.
Que sin decirlo de buena manera, incluso sin pensarlo, son más darwinistas sociales que el mismo Herbert Spencer al encontrarse en el último eslabón de la evolución humana (como si no se dieran cuenta que el hombre es una mujer fallida en su intento evolutivo, y que, si los cálculos no nos fallan, en unos cien mil años dejará de existir la figura sexual masculina). Que el concepto de intelectual gramsciano se les ha olvidado o no lo conocen, y ahora andan en la vida haciendo exámenes de trigonometría e historia a un buen cristiano o un mal ateo. Haciendo justicia de ese nombre que se construyó en un país de ciegos, donde es mejor ser perro de yonque en un asilo de ancianos a carnada para pescar en las costas del pacífico. ¿Pero quién no quiere ser un tuerto con cataratas en una ciudad donde se sufre de invidencia aguda? Como un día de jóvenes les metieron el dedo en la boca, ahora lo quieren meter también. El burócrata que deja a su hijito regañado en la gran silla del director. Sólo que acá en vez de traje sastre, se lleva pantalón de mezclilla con saco de vestir, pelo largo y lentes de pasta negra. Como unos Ignatius Reilly, sólo que en una versión más tecnologizada y con menos proyección internacional.
Pero mientras algunos sigan viéndoles el ombligo y diciendo “pero qué bonito ombligo tiene usted, señor artista”, entonces la cosa no cambiará mucho. ¿Qué hubiera sido el Jesús cristiano sin seguidores que movieran de arriba para abajo la cabeza a cada una de sus frases poéticas ocurrentes? Un intelectual de Juárez que alza la mano derecha representando la victoria y con la otra se sostiene para no caerse de hambre.
En un trabajo sobre Derrida, Tony Negri utilizó una cita de Spinoza que, si mal recuerdo, decía que aunque la felicidad y el murciélago vinieran del mismo uno, ni el murciélago es un tipo de felicidad, ni la felicidad es un tipo de murciélago. Es decir, que es más fácil ser como este personaje de El túnel, de Ernesto Sábato, que era bueno contando de qué se tratarían sus libros, y bastante malo para ponerse a trabajar, pues ni el trabajo es un tipo de discurso de borrachera sobre historia y literatura chicana, ni la borrachera es un tipo de trabajo.
Porque al final, solitos, se meten a su jaula en este zoológico social que con tanta vehemencia critican, pero del que no pueden dejar de mamar leche para darse un mes de fama.
A lo largo de la vida uno se va haciendo de mañas que, para ser preciso, son acciones y frases que funcionaron en su momento para obtener cierto resultado, y que ahora forman parte de, incluso, nuestra misma personalidad. Se van recolectando de otras personas, o se inventan en el momento crítico, o se sacan de las películas. Se adquieren casi como ir de compras al supermercado o como si estuvieran colgadas en algún sitio en Internet para ponerles download.
Y son tantas, que incluso perdemos la cuenta y conciencia de ellas. Surgen solas, y apenas y nos damos cuenta que una maña ha nacido. Tenemos mañas para comer, para dormir, para hacer el amor, para trabajar, leer y escribir. Mañas para seguir viviendo y para dejarse morir. A veces son tan imperceptibles, que, sin darnos cuenta, ya están adornando nuestra pared o se han convertido en un anillo de compromiso en nuestra mano.
Pero, vamos, no deberíamos estar asustados. Lo hemos hecho a lo largo de los años. Incluso tenemos libros sobre otras mañas, convenciones y congresos, encuentros entre personas que nos le dan pena sus mañas y otras que se dieron cuenta que esa maña en especial era dañina y han decidido acabar con ella públicamente. La televisión está llena de ella. La gente se interesa por las mañas de los famosos, o hace famosos a otros por sus extrañas mañas. En la radio hay música que narra mañas fantásticas, o no es inusual ver a un conductor preguntando a su invitado especial: “¿y cómo le hacer para componer?” o “¿por qué no nos hablas de tu vida amorosa?”.
Cosa que no nos justifica y ni nos exenta. Tal vez un día la cámara de una televisora nos captura en un momento comprometedor en donde nuestra maña mal habida hace presencia y nos convertimos en esa maña, y cuando vamos por la calle, la gente nos reconoce por eso que un día hicimos. Pero tampoco no debe asustar esto, porque todos tenemos alguna mañana como para salir en televisión, sólo que los que necesitan percatarse, no lo han hecho.
Por ejemplo yo, soy capaz de reconocer una que otra mañana, que, finalmente, son esas cosas que hice un día y me funcionaron. Cuando me despido de la mujer que me gusta, volteo un poco el rostro hacia el de ella hasta que nuestras bocas se encuentren. La maña consiste, en además del movimiento, en justificar en caso de una negativa que era parte del movimiento natural de despedida, la cual siempre debe ser latente por el hecho de que a veces nuestras mañas se encuentran con otras. El punto consiste en salir victorioso, y demostrar que la nuestra es mucho más efectiva. Como un juego de ajedrez entre dos novatos, quienes tienen las mismas posibilidades de ser derrotados como de ganar. Claro que las mañas tienen su tiempo y sus procesos, así que, seguramente, hay varios allá afuera con mucha ventaja a su favor.
Pero esto no quiere decir que nuestras mañas tengan que desaparecer porque en su momento no funcionaron. La mía me ha servido unas cuantas veces, pero reconozco que en un par no dieron resultado. Pero no me preocupo demasiado, sé que el tiempo pasa, y, aunque no lo crean, ya me hice de unas cuantas mañas para soportar la caída de las otras.
Vale más una novia que una televisión, pero por robar una televisión te meten a la cárcel, si te roban la novia, no pasa nada.
Qué ironía.
¿Cuáles son las peores circunstancias para conocer a alguien que eventualmente te va a caer muy bien? Pienso en eso mientras trato de recordar algún momento en el que me haya encontrado en esa situación. Suena irónica: recordar y pensar, dos ejercicios tan similares pero que no parecen cuadrar en la sintonía de un mismo argumento.
Llego a la conclusión, y lo digo por experiencia propia, que debe ser un choque automovilístico. Pero no cualquiera, sino de esos en los que no pasa algo grave, por cuestiones de interpretación del tránsito no puede asumir ni totalmente la culpabilidad ni la inocencia, y la que está al volante, siendo este mi caso, es una bella mujer de lentes llamada Jessee, o Jesy, o como sea. Claro, aunque va con su novio, un jovencito con un arte en el oído izquierdo y de voz liviana como una pluma.
¿Es el peor momento para entablar una relación amistosa? Para muchos sí, pero no para mí, no para esta nueva versión de mí que se va construyendo cada día. Será que me impregnado tanto en lo que creo, que ya no me afecta tan seriamente.
Por ejemplo, cuando me preguntó la chica, al darse cuenta que había hecho una llamada para cancelar mi clase, que si yo era maestro. Le respondí que sí. Con una inocencia que ya no es tan común ver, me preguntó, ¿entonces ya no vas a llegar a tu clase? Bueno, le dije, creo que cuando eres estudiante siempre esperas que esas cosas le pasen a tu maestro a la hora de clases, así que el lado más juvenil de mí brinca de gusto.
Si hubiera que escribir un aparato epistemológico a través de esto, no podría, más bien, no debería. Creo que las posibilidades del mundo siempre son infinitas, infinitas incluso en momentos incómodos.
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