El hombre de los correos electrónicos.
Todos los días me llega un correo de este sujeto. No lo conozco. A penas y sé quién es. Lo he visto en la escuela, en conferencias, cuando la gente se reúne y todos nos reunimos. Recibo sus correos y, a veces, sin quererlo, me siento un poco mal. Me siento como un mal ciudadano, un mal humano, un mal compañero de viaje. Marchas, huelgas, encuentros con sindicatos, críticas a la escuela, al gobierno, a los militares. A todos, incluso yo, si me pusiera a observar bien.
Por momentos me lo creo.
Incluso una vez me encontré con un comentario de él en el blog de Francisco Serratos, en donde Francisco, con estilo, se lo quitó de encima. Recuerdo que una vez tuvimos un encuentro en una ponencia que presentaba sobre Slavoj Zizek y el amor como concepto filosófico y sociológico. Llegó tarde, pero aún así preguntó. Y preguntó lo mismo que acababa de responder. ¿Qué? Pero por cortesía respondes y dices lo mismo, lo mismito que acabas de decir, pero en otras palabras, unas más… didácticas.
En fin, siguen llegando los correos, y soy muy cobarde para contestar y decir que los deje de mandar, o simplemente mandarlos a spam.
Y es que si quiero que alguien me recuerde los pasos para hacer de este mundo, un mundo mejor, creo que no los voy a encontrar en correos que lo único que hacen es criticar, criticar, criticar y criticar. Martín Heidegger decía que había mucho por aprender del silencio de los campesinos de la selva negra, y creo que tiene razón: no me gustan los que, para reclamar o hacerse escuchar, se la pasan gritando. No es mi estilo. El mundo no se cambia a cachetadas, yo digo, los últimos dos mil seiscientos años es en lo que la humanidad se ha enfrascado, y parece que no nos hemos movido mucho.
Si quiero escuchar consejos de vida, mejor escucho a mi mamá, que fácil nos pondría a muchos izquierdistas acérrimos en su lugar.
En fin, pero aquí estoy yo escribiendo esto, qué afanar.