El Diario de Campo del Blog www.entrecaos.wordpress.com

Juan M. Fernández/Ciudad Juárez, México/jmfernandezchico@gmail.com

¿Cuál es el problema con las campañas en contra de la piratería de películas en México? Que hacen lo que, desde siempre, ha hecho la política (en general): culpar a la gente. La derecha lo tiene claro, y la izquieda lo retoma de manera constante, desgraciadamente, por eso Zizek, Eagleton, Jameson y muchos más, la acusan: ¿por qué no se une la gente contra la violencia, la corrupción, la mala política, qué les pasa, qué necesitan, por qué nos dejan solos? Esta campaña hace lo mismo, reponsabiliza a las personas, a los consumidores, de los malos hábitos de un país. ¿Por qué, estas campañas nacidas del discurso de la cúpula, no culpan a la economía jodida del país que no te permite tener un capital o patrimonio decente, o a los políticos que hacen del país lo que les da la gana, o al sistema dominante y voraz de capitalismo que arrasa con todos como una tempestad? No, claro, el problema somos nosotros que alentamos la piratería, y nos los que nos han empujado a esto.

Por eso les dejo dos cosas, un video bonito bonito que usa la modalidad de la campaña, pero cambia el contenido, y estas palabras de Frantz Fanon sobre colonización y la situación de Argelia durante la ocupación francesa:

Cada cual oculta al otro el enemigo nacional. Y cuando, fatigado después de una dura jornada de dieciséis horas, el coloniza se desploma en su estera y un niño, del otro lado de la cortina, llora y no le deja dormir, como por  azar, es un pequeño argelino. Cuando va a pedirle un poco de sémola o un poco de aceite al dueño de la tienda de comestibles al que ya debe algunos cientos de francos y le niegan el favor, se llena de un enorme odio y un enorme deseo de matar y el dueño de la tienda es un argelino. Cuando, después de haberlo evitado durantes varias semanas, se encuentra un día acorralado por el caid que le reclama “impuestos” ni siquiera tiene el placer de odiar al administrador europeo; ahí está el caid que atrae ese odio, y es un argelino.” Los condenados de la tierra.

Hoy leo en las noticias de un hombre que es asesinado frente a su hijo, y que el hijo, de siete años, al intentar huir, fue alcanzado por varias balas en la espalda. En la espalda, como si fuera un político corrupto o un narcotraficante. Y todavía nos preguntamos quién tiene la culpa. Derrida lo dijo, pero en otro momento, nadie es inocente. Ellos pelean, no por la droga, sino por los consumidores, por el dinero, por las armas. No pelean por un lugar simbólico en un mundo subterráneo, sino en la pasta, lo que se puede tocar y se guarda en la cartera.

Nadie es inocente, por cuando  matan a uno, lentamente, muy lentamente, nos van matando a todos.

El hombre de los correos electrónicos.

Todos los días me llega un correo de este sujeto. No lo conozco. A penas y sé quién es. Lo he visto en la escuela, en conferencias, cuando la gente se reúne y todos nos reunimos. Recibo sus correos y, a veces, sin quererlo, me siento un poco mal. Me siento como un mal ciudadano, un mal humano, un mal compañero de viaje. Marchas, huelgas, encuentros con sindicatos, críticas a la escuela, al gobierno, a los militares. A todos, incluso yo, si me pusiera a observar bien.

Por momentos me lo creo.

Incluso una vez me encontré con un comentario de él en el blog de Francisco Serratos, en donde Francisco, con estilo, se lo quitó de encima. Recuerdo que una vez tuvimos un encuentro en una ponencia que presentaba sobre Slavoj Zizek y el amor como concepto filosófico y sociológico. Llegó tarde, pero aún así preguntó. Y preguntó lo mismo que acababa de responder. ¿Qué? Pero por cortesía respondes y dices lo mismo, lo mismito que acabas de decir, pero en otras palabras, unas más… didácticas.

En fin, siguen llegando los correos, y soy muy cobarde para contestar y decir que los deje de mandar, o simplemente mandarlos a spam.

Y es que si quiero que alguien me recuerde los pasos para hacer de este mundo, un mundo mejor, creo que no los voy a encontrar en correos que lo único que hacen es criticar, criticar, criticar y criticar. Martín Heidegger decía que había mucho por aprender del silencio de los campesinos de la selva negra, y creo que tiene razón: no me gustan los que, para reclamar o hacerse escuchar, se la pasan gritando. No es mi estilo. El mundo no se cambia a cachetadas, yo digo, los últimos dos mil seiscientos años es en lo que la humanidad se ha enfrascado, y parece que no nos hemos movido mucho.

Si quiero escuchar consejos de vida, mejor escucho a mi mamá, que fácil nos pondría a muchos izquierdistas acérrimos en su lugar.

En fin, pero aquí estoy yo escribiendo esto, qué afanar.

Mi fragmento de amor.

Hay algunos ilusos que seguimos creyendo en el amor. El amor.

El último libro que leí sobre el amor es de Alfredo Brice Echenique, y hay una frase que pugna por una reconsideración del tiempo: “No importa lo que dure, y pese al abismo de vida y muerte que los separa, es posible vivir un amor profundo que se sabe temporal, finito.”

Ahora, estimado lector (y permítame hablarle de usted), se dará cuenta el por qué he utilizado la palabra iluso para explicar la situación de los que creen. Si el amor trata de fijarse límite extratemporales para derribar la idea de la eternidad imposible (Foucault lo dice en las palabras y las cosas: seres finitos con ideas infinitas), es porque es una medida humana simple. En otras palabras, juramos amor eterno cuando lo único que somos capaces de dar es un fragmento de nosotros, al reconocernos nosotros mismos como fragmentos. ¿Pero no todo lo humano es temporal? El mismo Karl Marx dijo que lo sólido se desvanece en el aire, ¿por qué no también la misma humanidad, y lo que ha creado en su estadía en el mundo? En la novela gráfica de Los Vigilantes, el Dr. Manhattan dice que los humanos tenemos una sobrevaloración de nuestra misma humanidad y la vida funge como un primer motor impulsándola hacia adelante (perdón por citar a Aristóteles en esta parte). ¿No es la misma humanidad una ilusión? Sí, es una ilusión. Por eso Gilles Deleuze saltó de un edificio, porque denunció esta ilusión y no pudo soportarlo.

Está bien, entonces hagamos nuestro ejercicio de ilusionismo. Empezaré por mí, reconociendo que he encontrado a la mujer de mi vida, la que fue (que debería decir con la que fuimos uno de otro). La que, lo admito, le juro parte de mi fragmento de vida que me corresponde. A la que le entrego mi ilusión, mientras ella busque de alguna manera, también entregarme la suya. Y que si el amor es una detonación química, o el resultado de una ilusión biológica, no me impida, como dice Slavoj Zizek, entender que aún con esa verdad cierta, lo que sienta pueda verse afectado.

Pero eso no va ahorita. Ahorita vivo la parte de ilusión que me toca vivir, y la recibo de la mejor manera.

No lo dije yo, lo dijo Brozo, y no lo dijo Brozo, lo dijo Calderón. ¿Quién? El hijo de puta que nos gobierna.

J.G. Ballard, lo que nos queda por aprender.

Hace un par de años, vi una exposición sobre J.G. Ballard que me cambió la vida. Ahí encontré una gran tarjeta que, adornada con un coche enterrado en la arena, dice la siguiente frase:

Crec en la inexistència del passat, en la mot del futur i en les infinites possibilitats del present.

Y abajo, como la firma de un corresponsal, o de un crítico de cine, o una persona cualquier: “J.G. Ballard. Autòpsi del nou mil-lenni”.

Aún queda mucho por aprender de Ballard. No sólo de sus libros, sino de sus palabras. Que no son  lo mismo.

El hombre sin cabeza.

Una mujer llega a su casa, y sobre la mesa hay un plato extraño, con una cubierta metálica, que aún no ve por estar distraída con una llamada telefónica. Viene del segundo trabajo, que tiene después del primero. Habla con Gabriel, quien le reclama su actitud de un día antes. Está cansada, y se lo dice. No quiero pelear, también le dice. Le cuelga. Se sienta en frente a la mesa, frente al plato, frente a la cubierta. Clava sus ojos en ese objeto que nunca había visto. Piensa en las películas en donde sirve grandes banquetes. Duda un poco, se pone el dedo en la boca. Extiende la mano y lo ve. Es una cabeza decapitada. El rostro está sereno, como si durmiera. Bajo la nariz hay un bigote delgado que le ensombrece la boca. Fernanda se echa para atrás. Está espantada. ¿Un hombre sin cabeza?, dice en un grito. No, contesta la cabeza decapitada. Los labios se abren como si unos dedos invisibles los movieran. Soy una cabeza decapitada, ¿no lo ves? Los ojos de la cabeza son como estrellas palpitantes. Se esconden cuando termina de hablar. Fernanda se congela, está a punto de caer desmayada. La cabeza le vuelve a hablar.

Me cagas tanto.

El título de esta pequeña narración no pretende ser ofensivo. Es decir, sí lo es, pero con una intención más bien extraña. Después de un rato de ser usuario de la página Factbook, me he dado cuenta que una de las cosas que más me molesta de este mundo (con todas sus disyuntivas y disertaciones diarias), es cuando las personas suben y suben y suben y suben fotos de ellos a sus páginas personales. Tengo amigas, y digo amigas porque son la mayoría, que hacen esto: fotos y fotos y fotos y fotos de ellas (o ellos, no quiero pedo con las feministas acérrimas), haciendo caritas y chistecitos, volteando hacia arriba, hacia abajo, hacia un lado, al otro. Bits de información dedicados a hacer la función de llevarnos ese rostro a una cantidad terrorífica. Eso que Jean Baudrillard, Gilles Lipovetsky, Michel Maffesoli, Marshall McLuhan… olían a la distancia, realmente está sucediendo. Pero, ojo, no se trata sólo de una sociedad de simulaciones (como diría Baudrillard) o una época hipermodernista (como lo plantea Lipovetsky), incluso de un narcisismo excesivo (que también Lipovetsky menciona, incluso Zizek y Maffesoli, y los demás posmodernistas). No, creo que más bien se trata de la pregunta detrás de la acción: ¿por qué? Entiendo que la respuesta parroquial de estos sociólogos sea bastante coherente, pero, más que ellos, que seguramente no lo hacen (no puedo imaginarme a Maffesoli colgando cientos de fotos de él y su moñito en cuello), sino a ellos, los que la suben, los que la hacen: ¿por qué?

Lo mío no es reclamo, lo juro, cada quien es libre de subir una o cien mil fotos a su página persona, como yo soy libre de decir que me repatea ver cien fotos iguales con la diferencia de un pequeño gesto que la diferencia de las demás.

Fotografiar personas es violarlas, pues se las ve como jamás se ven a sí mismas, se las conoce como nunca pueden conocerse; transforma a las personas en objetos que pueden ser poseídos simbólicamente. Así como la cámara es una sublimación del arma, fotografiar a alguien es cometer un asesinato sublimado, un asesinato blando, digno de una época triste, atemorizada, Susan Sontag, Sobre la fotografía.

Mi proyecto de vida.

Estoy tratando de pensar en mi proyecto de vida. Pienso tanto, que este ya es el segundo intento de escribirlo. Lo primero fue un producto imposible para hablar de mí a través de algo que no era yo. Ahora espero tener suerte, y si al final esta línea termina con su respectivo final, querrá decir que lo he logrado.

Algo así vislumbro mi vida. Mi vida de dieciocho horas de vigilia al día, de ser miembro de Amnistía Internacional (o casi) y de ser parte de un grupo de procesos parlamentario que me exige más de lo planeado.

Mi proyecto de vida es ella misma. No quiero sonar confuso. Tal vez no lo sea. Pero mi proyecto hace tiempo se terminó, hace tiempo dejó de tener un objetivo claro. Sé en estos momentos que me importa más el teatro que el amor, y que, por lo mismo, nunca hablo de amor cuando hago teatro. Que me gustan más la películas de Woody Allen que Nueva York y que la literatura de Charles Bukowski es sólo un referente de algo que hace tiempo no siento como parte de mí, a pesar de disfrutar siempre sus libros. Mi proyecto a veces, tengo que reconocer, se confunde con otras cosas. Se confunde con la sinusitis, el vértigo que ésta produce, la colitis que me pega cada vez que como irritante y el párpado derecho que tiembla cuando estoy bajo presión (que, milagrosamente, estos días no ha ocurrido). Mi proyecto, creo hoy, es el proyecto del mundo, o el proyecto de Edward Said en su momento de tener un Estado Palestino, y que había que trabajar en él aunque nos costara la vida, o de Gandhi antes de que lo mataran o de Michel Foucault y su libro que tuviera todos los libros (incluso el tener el libro que tiene todos los libros). Es decir, el proyecto de salvar al mundo, de acercar a la utopía que Osvaldo Bayer decía justificaba nuestro paso por la tierra. Mi proyecto de vida es salvarme salvando.

Ese es mi proyecto de vida, lo demás es pura palabrería.

Me queda bien.

No me puedo quejar de ayer. Y, vamos, no se trata del día de ayer, si no de la acumulación de los ayeres. Es decir, del ayer que ya es uno solo. Es como dice Dustin Hoffman en I love Huckabees ¿en dónde termina mi nariz y comienza el universo? Sí, algo así: en donde termina mi presente y comienza el pasado. Tal vez en las líneas de arriba encuentro mi pasado, en lo que ya he escrito. No sé.

Pero no me quejo de ayer. Estaba recordando cuando Erick y yo nos vestimos de condón para una presentación en la preparatoria. Nos hicimos unos trajes de plástico blanco, que nos llegaban hasta los pies, con un bordecito en la cabeza que se pronunciaba como un chipote. Íbamos por la escuela con nuestros trajes completos en forma de condón para esta presentación, en donde también hubo un concurso de poner el anticonceptivos a un pepino, el cual ganó Sinaí.

No me quejo, y me acordé que no me quejo de él cuando me reencontré, por medio del hermoso experimento comunicacional de Face Book, con mi amiga Elizabeth Barreda. Platicamos muy poco, y me dijo que me había hablado muchas veces (a un número que ya no tenía, porque lo había perdido, y que, por un largo viaje que haría a España, y que no podía llevarme, lo cambié completamente). Hablamos un poco, y, aunque no lo dije, recordé esos días, cuando platicábamos mucho, nos besábamos, a veces, y nos peleábamos por todo y cualquier cosa.

No me puedo quejar de mi taller de bicicletas, junto con Beto, cuando cursábamos la secundaria. No me quejo de la Tecla, mi perrita, que me cambió la vida, y me regresó a ella cuando estaba perdido. No me quejo de cuando bailaba con Alberto a dar una vuelta mortal hacia atrás. No me quejo de la música, de las novias, de los amigos, de los que se fueron y volverán, de los que no volverán, de los nuevos, que guardo en el borde de mi corazón por si un día deben caer.

No me quejo de ayer. Al contrario, me sienta bien.

Cuando llueve.

Llueve en Guadalajara. Por la venta veo las gotas caer en el suelo. Estoy sentado en un sillón, solo, en el lobby de un hotel. La televisión está encendida pero no sé qué es. Quiero ir al cuarto, pero tengo que atravesar un jardín muy largo y no quiero que se moje la computadora. Tengo que esperar. Tengo que esperar y me da hambre mientras lo hago. Guadalajara. Seguramente me llevaré este día como recuerdo: lluvia, relámpagos, sillones color naranja y televisiones encendidas.

Siempre he creído que conocer realmente una ciudad, es cuando llueve.     Ale.